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Carmen Giménez mostrando la serie «Les femmes de Venise», 1956. Salas de exposición. Foto Museo Nacional del Prado © Succession Alberto Giacometti (Fondation Alberto et Annette Giacometti, París / VEGAP, Barcelona. 2019

ENTENDER A GIACOMETTI: Carmen Giménez

Carmen Giménez Martín (Casablanca, 1943) es conservadora de arte del siglo XX del Museo Guggenheim de Nueva York, y una de las  mayores autoridades mundiales en la figura y la obra de Picasso. Académica honoraria de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, está considerada como una de las más importantes expertas en escultura modernista. y forma parte del Patronato del Museo Nacional del Prado y de la Fundación Pilar y Joan Miró.
Ella ha sido quien ha comisariado esta muestra y entiende la exposición como una visita póstuma donde las esculturas del artista transitan por las galerías de un museo que, paradójicamente, nunca llegó a ser visitado por el artista suizo.  

Siento una fuerte emoción frente a la obra de Giacometti, algo profundo que sólo se siente frente al verdadero arte, aquel capaz de resistir inmutable el paso del tiempo. 

Dentro del marco de celebraciones del bicentenario de la pinacoteca, en colaboración con la Comunidad de Madrid y la Fondation Beyeler, y con el apoyo de la Embajada de Suiza y el Grupo Mirabaud, el Prado acaba de clausurar la muestra Giacometti en el Museo del Prado, una cuidada selección de veinte obras de uno de los artistas más inquietantes, enigmáticos e influyentes del siglo XX, quien concebía el arte como punto de encuentro del pasado y el presente, entendiendo atemporal la representación de la figura humana, su soledad y su aislamiento. La entrevista que su comisaria nos ha concedido aporta luz en la comprensión de la obra de uno de las más importantes figuras del arte del siglo XX.


BREVE RESEÑA SOBRE GIACOMETTI


Hijo de un postimpresionista suizo, Alberto Giacometti (Borgonovo, 1901 - Chur, 1966) mostró interés por el dibujo desde muy niño, vocación que le acompañó a lo largo de toda su vida. Tras pasar por la Escuela de Artes y Oficios de Ginebra, a los 18 años se trasladó a París, ciudad en la residió prácticamente hasta su muerte. Allí el artista comenzó a trabajar en dos de sus mayores inquietudes, lo simbólico y la simplificación en la representación de la figura humana hasta ese punto previo al desvanecimiento. Es entonces, a mediados de la década de los 40, cuando el suizo perfila su icónico estilo y abre un periodo figurativo característico, con pequeñas figuras humanas extremadamente estilizadas, de tacto rugoso y aspecto lánguido, influenciado por las experiencias vividas durante la Segunda Guerra Mundial. Y fue justamente cuando acabó el conflicto, en 1945, y hasta su fallecimiento, cuando toda su producción se centra obsesivamente en torno a su singular percepción de la figura y el rostro humano, de su presencia y su esencia. «El artista existencialista perfecto, (…) a mitad de camino entre el ser y la nada», como lo definía Jean Paul Sartre. Y es que para el artista, es la misma materia que da forma a la escultura, la responsable de su fragilidad y su infortunio. El sempiterno color gris, metáfora de la vida misma según propias palabras, bien pudo acompañar su visión a lo largo de tantos y tantos paseos por un París anochecido, salpicado de figuras más mentales que corpóreas.


Un artista de obra intrigante y distinta, el «perfecto existencialista» a ojos de Sartre. Contemplando su obra, uno no puede evitar imaginarse a un hombre desasosegado, incluso atormentado…

La dedicación al arte, y me refiero a la verdadera entrega al arte, aquella donde «el pintor aporta su cuerpo», tal y como Valéry definiría el papel del artista en relación a su obra, es sin duda una de las dedicaciones más complejas posibles, y exige un alto grado de resistencia frente a la adversidad. Giacometti es un extraordinario ejemplo de artista que entrega su cuerpo al arte, y tanto es así que a menudo es imposible desligar su cuerpo, su presencia y, en definitiva, su ser, de su obra. Seguramente el caso de Giacometti sea uno de los más extraordinarios ejemplos en la historia del arte de esta simbiosis entre artista y obra. Giacometti fue un ser extremadamente austero, apegado a su trabajo y a sus hábitos cotidianos. No olvidemos que reside durante buena parte de su vida en su propio estudio de la calle Hippolite-Maindron de Paris de veintitrés metros cuadrados, donde además realiza buena parte de su obra.  Es por ello que, regresando a su pregunta, seguramente fue un ser «desasosegado», sin duda, ¿atormentado?, también, ¿pero cómo no serlo cuando la entrega al arte es incondicional?

Giacometti se impuso el reto titánico de representar «tal y como vemos» o, más bien, de dar cuenta de su particular mirada a la realidad.  Tenía una forma de trabajar en la que recomenzaba cada día el trabajo realizado el día anterior. Pretendía captar la esencia del otro a través de su apariencia. En 1957 Giacometti escribe: «Je ne sais pas si je travaille pour faire quelque chose ou pour savoir pourquoi je ne peux pas faire ce que je voudrais». Es decir, no puede hacer aquello que quiere porque no logra a su parecer representar aquello que ve. Quiere representar lo que ve para poder ver lo real. Según el filósofo existencialista Jean-Paul Sartre, la escultura de Giacometti estaba «siempre a medio camino entre la nada y el ser». Fueron grandes amigos, aunque su relación no siempre fue fácil. En su libro Les Mots, Sartre reconstruyó de manera personal el accidente de tráfico que tuvo Giacometti en 1938. Giacometti se enfadó con Sartre por haberlo descrito en la Place de l´Italie y no en la Place des Pyramides, que es donde realmente había ocurrido, además de otras imprecisiones.  Algo que aparentemente era insignificante pero cuya importancia para Giacometti era primordial.

La relación de Giacometti con el existencialismo no me parece tan evidente, a pesar de su muy conocida amistad fallida con Sartre y Simone de Beauvoir. Es cierto que Giacometti fácilmente puede ser calificado como escultor existencialista, ya que hay muchos elementos que apuntan en este sentido. Creo que su obra, de alguna manera, trasciende la adscripción filosófica temporal y determinada como el existencialismo, y es por ello que su obra resiste inmutable el paso del tiempo. Creo sinceramente que la exposición que presentamos en el Museo del Prado es una muestra más de la trascendencia de una obra capaz de resistir el devenir del tiempo, así como las posibles adscripciones filosóficas temporales.

Una de las cosas que más me impresionaron durante el montaje de esta exposición fue sin duda el sentimiento de que la presencia mineral y elongada, casi arqueológica, de las obras de Giacometti, daba la impresión de que siempre hubiera estado allí donde las emplazamos, en las distintas salas del Museo del Prado. Frente a obras de pintores «clásicos» como Velázquez, El Greco, Tintoretto o Zurbarán, las obras de Giacometti resisten la confrontación con el pasado y es por ello que trascienden de forma análoga cualquier calificativo filosófico concreto y nos ofrecen una relectura constantemente atemporal.

Giacometti materializa en gran medida la imagen del artista eternamente insatisfecho ¿cree que llegó a sentirse en algún momento de su vida complacido o apaciguado?

No, y creo que esa insatisfacción fue en cierta forma el motor en su obra.

Una obra que pronto alcanzará los 80 años, pero de una actualidad sobrecogedora… ¿era Giacometti un visionario?

La atemporalidad que he mencionado en la obra de Giacometti es una calidad del arte que resiste el paso del tiempo a pesar de la lejanía que podamos tener con el artista. Hay algo «inmutable», como diría Baudelaire, en la obra de Giacometti, que resiste inmejorablemente el paso del tiempo. En 1935, Giacometti rompe con los surrealistas (movimiento al que se había adherido en el año 1931) debido a la necesidad de servirse de un modelo, de regresar a la figura, a la cabeza humana. Este empeño por reflejar lo real que he comentado anteriormente, lo aisló en cierta forma del mundo del arte de su tiempo, época en la que el expresionismo abstracto estaba en pleno auge, y lo vinculó inexorablemente al arte del pasado y, en cierta forma, al arte venidero. Pudo anticipar algunas de las tendencias que más tarde se enfocaron en la figura humana como su referencia primordial. Visto desde una perspectiva contemporánea, el arte de Giacometti sigue sin duda de actualidad por esa capacidad de tratar el sujeto en su obra más allá de las pautas propias de su tiempo.

¿Dicen que era un hombre, un artista, muy intenso e introspectivo ¿Cuál era su mayor obsesión? ¿Adónde cree que anhelaba llegar?

No sé exactamente si fue «intenso», no tuve el placer de conocerle personalmente, seguramente lo fuese. Introspectivo tal vez. Todo artista lo es en cierta medida, ¿no es cierto?...Cabe recordar que se dedicó durante diferentes etapas a lo largo de su vida al retrato y esta dedicación implica establecer una relación constante con el mundo exterior, con sus modelos, que como es sabido muchas veces fueron sus propios amigos y familiares, pero también  marchantes, críticos o escritores. También es sabido que Giacometti buscaba el contacto constante con la gente dentro y fuera del espacio de su estudio. Fue asiduo de cafés, así como de reconocidos burdeles como el Sphenix, donde por cierto encontró a Caroline, una de sus más queridas modelos. 

Sobre su mayor obsesión, ciertamente me hubiese encantado preguntarle, sin embargo y si nos guiamos por sus escritos y, en cierta forma, por su obra, podríamos pensar en su búsqueda por representar la realidad (una infructuosa tarea comparativa frente a la propia realidad), cuestionando el canon clásico occidental, abriéndose a más fuentes como el arte cicládico, egipcio, africano o bizantino. Trabajó ininterrumpidamente en la búsqueda de un ideal. Su forma de trabajar, su constancia, su esfuerzo, fue un proyecto destinado al fracaso. 

¿Ha representado Giacometti un punto de inflexión en el arte? ¿Cómo sintetizaría su gran aportación, su legado?

Francamente yo no diría que Giacometti o su obra sean «un punto de inflexión», más bien al contrario, yo lo veo más como un eje de continuidad. La obra de Giacometti (y por ello ha sido posible su magnífico encuadre en el Museo del Prado) resulta una forma de conexión o de puente (si se quiere) entre diferentes épocas del arte. Nunca una inflexión o una ruptura. Entiendo que su legado podría ser precisamente éste: la constatación de que el arte no avanza ni retrocede, permanece con los mismos problemas de hace tres siglos, que no son tan distintos a los de hoy en día. 

Es la primera vez que El Prado expone obra de Giacometti y la muestra recoge piezas de los últimos veinte años ¿representa todo un extracto de su obra, de su particular visión, o echa en falta alguna pieza en particular?

Concebí ésta como un paseo póstumo de Giacometti por el Prado. Las figuras de Giacometti se pasean y se detienen, transitan entre la animación y la quietud por las salas del Museo. El paseo de Giacometti comienza en la emblemática sala XII, conocida popularmente como la Sala de Las Meninas, el sancta sanctórum del Prado, tal como le gustaba llamarlo a mi gran amigo Francisco Calvo Serraller. Justo a la salida de la sala XII, entrando en la gran galería del Prado, nos encontramos el famoso Chariot de Giacometti, compartiendo espacio con Carlos V en la batalla de Muhlberg de Tiziano. A ambos lados, los bustos de Lothar, que además de flanquear este espacio, contrastan con bustos romanos, y también se establecen encuentros con obras de El Greco, Tintoretto, Zurbarán, etc…

En una exposición tan especial como ésta, siempre se echan en falta obras y posibles relaciones pero esto forma parte del proceso de todo proyecto, y muy especialmente de uno con la magnitud que implica poner en relación un artista moderno con pintura vamos a decir «clásica» en marco tan imponente como es el Museo del Prado y su muy especial aura, que alberga, como sabemos, la mejor colección de pintura del mundo. 

El artista confesó que su búsqueda sin fin no era otra que la sensación que experimentaba durante el trabajo, y que ese era el motivo por el que siempre salía ganando

¿Qué siente Vd. ante la contemplación de su obra?

Creo que es más bien al contrario. Giacometti siempre expresó su rotundo fracaso y muy especialmente frente a la consecución de sus objetivos.  Su proceso de trabajo nos recuerda de alguna manera al mito de Sísifo en su búsqueda constante de un objetivo siempre inalcanzable. Hay una frase de quien fue su amigo, el escritor irlandés Samuel Beckett, que creo define a la perfección el proceso de trabajo de Giacometti, y dice así, «Ever tried. Ever failed. No matter. Try again. Fail again. Fail better» («Lo intentaste. Fracasaste. Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor»).
Siento una fuerte emoción frente a la obra de Giacometti, algo profundo que sólo se siente frente al verdadero arte, aquel capaz de resistir inmutable el paso del tiempo. 

 

 

 

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